domingo, 13 de noviembre de 2016

La increíble historia del pez carlista que murió en un bar facha

En este fin de semana que termina no he podido actualizar con una recomendación de libro porque estaba en Pamplona presentando el mío, en Madrid en la feria Bíocultura y en la mañana de domingo me dediqué a investigar en mi casa sobre Calderón para una ponencia que leeré en un congreso..., y no pude publicar mi crónica de "un libro para ser feliz", pero os recompenso con "un relato para ser feliz", una historia perfectamente real que me sucedió hace mas de una década:

LA INCREÍBLE HISTORIA DEL PEZ CARLISTA QUE MURIÓ EN UN BAR FACHA

Yo ya no tengo peces porque sus múltiples y variadas muertes me han traumatizado. Se me han muerto los peces de todas las maneras posibles e imposibles, pero ninguna tan terrorífica y absurda como la que supuso el fin de Carlos Séptimo.
Carlos Séptimo era un pez blanco con una boina roja en la cabeza, por lo que mi padre le bautizó con tal regio nombre, pues era sin duda un pez carlista. Me pareció un buen presagio, pues mis anteriores peces (eran dos) fueron adquiridos el domingo en el que ZP ganó las elecciones, les llamé "Zeta" y "Pé", y fallecieron en un par de meses. No comment.

Carlos séptimo era tranquilo y hasta solemne. No tenía la vivacidad de "Chispa", mi pez favorito, naranja y dorado, pero bailaba en la pecera y me miraba de vez en cuando. Ya llevaba seis meses de vida feliz cuando llegó el verano, y yo me lo llevé al Norte, bailando en una botella de agua de litro y medio. Mi mejor amiga me dijo que debía cambiarle el agua porque con las altas temperaturas se podía cocer en su propio jugo, así que lo hice.
Paramos en "Pepe el facha", un bar de Despeñaperros creo recordar que hace gala de fascismo y de los mejores bocatas de jamón ibérico de esta nuestra España. Me detuve en el cuarto de baño, lleno de pintadas furiosas, y le cambié el agua al pez. Cuando quise entrar en un excusado yo misma, dejé la botella al cargo de una limpiadora que allí había.
Salí del retrete y me encontré a otra limpiadora distinta que miraba al pez con cariño, y me dijo:

- Mi compañera ha ido a por un cubo para que el pez esté más ancho.

Corroborando su versión, unos minutos después llegó la primera empleada con un cubo enorme y sin preguntarme nada, al tiempo que yo gritaba "¡no!", tomó la botella con mi bonito y tranquilo pez carlista y la vació en el susodicho cubo. Me lo entregó como si hubiera salvado la civilización occidental:

- Ahí lo tienes, más ancho que Pancho.

Me asomé al cubo lleno de agua y me llegó un olor a anchoas en vinagre que me dejó tumbada.

- Ay, no, estoy viajando y no puedo llevar esto, dije, y cambié al pez a un agua limpia lo más rápido que pude, pero llegué tarde. Carlos Séptimo no volvió a ser mismo. Empezó a parecer adormilado, descolorido y al día siguiente estaba de medio lado, síntoma fatal. Pronto llegó el fin.
No he vuelto a Pepe el Facha. 

3 comentarios:

  1. Yo era uno de esos lectores que te esperaban. Gracias.

    ResponderEliminar
  2. Cuando dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones, por algo es.
    Besos!

    ResponderEliminar
  3. Ay, pobre pez. Que genial este nuevo blog. Combinas dos cosas que me gustan, libros y tu forma de escribir.

    ResponderEliminar